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  • Alícia Farré

Historias que quedan por escrito

Los días previos los pasé nerviosa. No sabía muy bien como iría y si realmente podría hacerlo tal como yo lo tenía planeado desde hacia meses. Había valorado todo mil veces antes de decidirme, porque el plan incluía viajar en avión y todos los documentos que tienes que llevar con la situación actual. La suerte, es que todo lo que necesitaba lo tenía al alcance. Así que lo hice.


Documentos en mano. Todos. Si bien sabía que hacía lo correcto, no estuve segura de hacerlo hasta que no me encontraba sentada en el avión, mirando por la ventana y con tierra bajo mis pies, cada vez más lejos. Entre nubes. Fue en ese momento cuando realmente, creí al 100% lo que estaba haciendo. Creí 100% en todo lo que estoy haciendo. En mi y en donde me lleva mi proyecto. Hasta el punto de coger un avión en busca de la inspiración, de la formación, de unos días de trabajo fuera de casa, que tanto tiempo llevaba esperando. Piezas que van encajando. De diferentes lugares. Trabajar lejos de casa en algo que ha despertado en mi una ilusión especial. Una parte de mi que nunca antes había sentido. Aquello que me ha hecho dar un paso que nunca hubiera pensado, por nada ni por nadie. Y, desde fuera, puede parecer insignificante. A lo mejor te lo parece. Para mi, es todo lo contrario.

Recorrí los puntos que tenía marcados en el mapa, aunque me faltaron algunos. Intenté llegar a aquellos que más me interesaban para algún encuadre específico. El contacto tan directo con la naturaleza más pura y silenciosa. La tranquilidad. La soledad. Sí, la soledad. Porque en la mayoría de lugares, no había nadie más. Y alejarse así de todo lo que provoca ruido. Acercarte a lo esencial, a lo sencillo, al minimalismo elevado a la máxima expresión. Sin zapatos; por casa y por la arena. El sonido de la madera o los cantos de los pájaros en el campo mientras trabajaba o mientras escribía algunas de estas líneas. Dar forma a la arcilla con las manos sucias. Y la ropa. Eso sí, cómoda. Con un poco de frío, pero con estufa de leña antigua en el rincón del taller. Todo mejor.


Isaac me esperaba cada mañana. Parece mentira como el tiempo puede llegar a pasar tan rápido en función de lo que estás haciendo. Eso sí, poner toda mi atención y consciencia en lo que estaba creando hizo que lo viviera diferente, más intenso quizá. No sabría mucho como explicarlo. Los días de trabajo los compaginé con clases de cerámica que tanto tiempo llevo queriendo aprender. Porque es una parte de lo que te vas a encontrar por aquí en unos meses. Y como todo lleva su ritmo, el aprendizaje tiene que hacerse a fuego lento. Horas y dedicación no faltan.


Y aunque los resultados que conseguimos fueron bastante emocionantes, tenía claro que quería centrarme en el proceso, en la técnica, en los errores. Sobretodo eso, en los errores. Importantes para practicarlos con el tiempo. Piezas rotas, agujeros... el cubo de la basura bastante lleno. Me daba igual. Yo estaba allí, con mis manos sucias dando forma a un montón de barro mezclado con agua. Y lo que se puede conseguir, con tan sólo tus manos, es alucinante. Isaac me lo decía cuando tenía momentos de frustración; la capacidad que tenemos de crear arte con tan sólo nuestras manos es increíble. Y esa era una de las cosas que le enamoran de su profesión. Es verdad. ¿Nos damos cuenta de eso? Porque en muchos otros ámbitos también podemos aplicarlo y ni siquiera lo valoramos mínimamente. Necesitamos menos.


El taller. De paredes de piedra y puertas de madera. En una esquina, la estufa de leña que te decía antes. Y ahora, con unas 15 piezas más. Algunas irregulares. Otras demasiado finas, o gruesas. Depende. Pero mías. Hechas con mis manos, mi fuerza (que no es mucha, como ya sabes) y con la espalda cargada. La falta de práctica y las posturas un tanto incorrectas en según que movimiento, es lo que tiene. Aún así, ya te puedes imaginar, hasta donde llega mi satisfacción.


Perderme en rincones que ya había visto antes, pero que no recordaba. En rincones que no había visto y que me sorprendieron. Sumar autenticidad a mi proyecto personal. En seguir montando piezas de mi misma y que, al final, también son las que construyen todo esto.

Escuchar que es lo que vibra en ti, que es lo que te hace estar donde estás. Allí, sentada delante del mar, un poco revuelto y con aire fresco. Sin duda, un paso más hacia un lugar desconocido, con sus malos momentos, con sus preguntas inciertas. Un poco a ciegas y sin tener idea de lo que vendrá. Sé a donde voy, pero no donde voy a llegar. Ni cuando. Pero lo que cada vez tengo más claro, es que precisamente eso es lo que nos hace aumentar la intensidad de todo lo que vivimos y tenemos. Cuando decides hacer algo que nunca antes habías hecho. Porque eso tira de ti, tiene fuerza. Todo lo que te espera sin que ni siquiera lo sepas. Y soltar y dejarse llevar.


Esas son las historias que al final nos definen. Y que me gusta dejarlas por escrito. Que te inspiran a seguir creando y a escribir. En esa mesa donde desayunaba cada mañana, en el hostal familiar. A valorar oportunidades y decir más veces sí. Sumar sinceridad en todo. Y lo que te decía; salió bien. Así que me enamoré. De un lugar. De un taller en medio del campo. De ese ritmo de vida. Del trabajo. De las paradas en medio de las carreteras para grabar. Del mar y de las playas solitarias. De las caminatas largas entre bosques para llegar a ellas... Y podría seguir, por supuesto.


¡Gracias a Isaac, por abrir su puerta a un mundo creativo apasionante y compartir conmigo! ¡Y a Joan, por su ayuda y consejos! ;) Volveré pronto.


¡Y muchas gracias a ti, por leer estas pequeñas partes de mi que quedan por escrito! :)

A.

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