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/ Historias que quedan por escrito... /

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Nepal, 8 años de una experiencia vital

Ya se ha convertido en tradición. Recordar, cada año por estas fechas, una experiencia vital y transformadora. Un viaje casi a la otra punta del mundo que me cambió, que dejó en mi una huella especial y que me hizo ver el mundo con otros ojos. Lecciones que aprendí en su día y que todavía hoy sigo aplicando; porque si una cosa tengo clara es que somos una constante evolución a través de las historias que vivimos.


Si ya hace tiempo que me sigues, sabrás que Nepal fue el destino que me acogió para hacer mi voluntariado de 34 días, viviendo en casa de una familia de allí y recorrer parte del país en moto y autobús. Nunca había escrito ninguna entrada en el blog sobre ello, así que ahora, que se cumplen 8 años del viaje, me apetecía compartirlo contigo. Porque quiero que también quede por escrito aquí, como parte importante de mi.


Todo empezó con miedo, nervios y muchas preguntas. Me daba muchísimo respeto irme a la otra punta de mundo sin saber demasiado donde iba exactamente, sin mucha planificación y con la confianza que alguien me estaría esperando a mi llegada. No me quedaba otra que confiar. No tenía ni hotel reservado ni dirección para llegar a ningún sitio, pues iba como voluntaria a trabajar en un colegio y todo lo que sabía es que gente de allí me estaría esperando al aeropuerto. Nada más.


Recuerdo especialmente el momento en el que me abroché el cinturón del avión y el comandante decía que el embarque estaba completo. En unos minutos estaría volando y empezando así un viaje de 14 horas en avión para llegar a un lugar totalmente desconocido. No me imaginaba nada de lo que me encontraría. De hecho, no sabía ni como imaginármelo.


El viaje fue bastante tranquilo. Hice escala en Istambul para seguir hasta el destino final, Kathmandú, la capital del país. El aterrizaje fue un poco forzoso y largo. Era un día lluvioso, con muchas nubes, y estuvimos sobrevolando la ciudad durante más de una hora para poder aterrizar con seguridad. Por si el viaje no era suficientemente largo, una horita más de regalo dando vueltas :)


Si estabas esperando saber si había o no alguien esperándome a la llegada... la respuesta es sí. Me subí a un taxi, super pequeño y viejo, que me llevó directamente al colegio. Los chicos que habían venido a buscarme iban detrás, con su moto. Miraba alucinada por la ventana del coche. La sensación que tenía, lo que sentía, todo lo que estaba viendo, familias de 4 personas encima de una misma moto, 4 carriles de vehículos sin orden alguno... aquello era otro mundo.



Llegué al colegio por una calle estrecha, llena de barro y piedras. Me presentaron al director, Sr. Babu Ram, parte del equipo docente y ví algunas clases. También el comedor, y el patio, pues era bastante grande porque el colegio estaba distribuido en dos edificios diferentes. Al día siguiente, empezaba mi labor allí.


Pasaban los días y yo iba conociendo a todos los niños y niñas del colegio. Cada mañana, cogía el autobús con ellos para llegar; era un trayecto de unos 35 minutos, con las diferentes paradas donde iban subiendo cada uno. Entraba en las clases con ellos y, por las tardes, hacia la labor principal que había ido a hacer: ser entrenadora de baloncesto. Había viajado allí a través de una organización que trabaja para la educación a través del deporte en los países pobres. Yo, amante del baloncesto, jugadora durante más de 15 años y entrenadora, llevo ese deporte en las venas. Pensé que era una gran oportunidad para crecer como persona, compartiendo los valores del deporte y ayudando así a un colectivo de niños y niñas que casi no había tocado un balón en toda su vida.


El patio de la escuela no tenía canastas. Era una pista lisa de cemento y las pelotas eran un montón de gomas de pollo enredadas entre sí hasta hacer una bola mediana y suficiente para poder chutarla. Así, una de las primeras cosas que hicimos fue construir una pista de baloncesto, con sus canastas, aros y tableros, pintando algunas líneas en el suelo y comprando un balón de verdad. Con los días, íbamos practicando diferentes ejercicios según la edad de los niños. Ellos, muy felices. Agradecidos cada día más. Hasta tal punto que cuando entraba por la puerta del colegio, decían mi nombre, venían a abrazarme y... ¡a pedirme autógrafos para guardárselos para siempre! Emoción a flor de piel.



Allí la luz funciona por zonas. No todas las casas tienen luz las 24h del día, sino que según el horario, la luz va pasando por zonas. Si eres más pobre, hay horas del día que no tienes luz. Si eres de las familias un poco más adineradas y puedes permitirte tener un generador, tienes luz todo el día. Así funciona. El caso es que yo vivía en casa del director del colegio, con su familia, y era del segundo grupo.


Recuerdo una situación en concreto. El generador nos permitía conectarnos a Internet a través del wifi de la casa. Y un día de mucha lluvia (era la época de Monzones), el generador dejó de funcionar. Chica del primer mundo que soy, me dió rabia porqué me había quedado sin wifi en el ordenador. Hasta que me paré a pensar por un segundo... ¿¡qué estaba diciendo!? Yo me estaba quejando por el wifi... cuando allí la mayoría de la gente no tiene luz durante parte del día. Esta situación, que es sólo una pequeña muestra de muchas, me marcó. Marcó mi ignorancia, mi superficialidad... me dí cuenta de que vamos por la vida dando por hecho muchísimo, que no valoramos, que no sabemos la suerte que tenemos. Des de aquel momento, esa lección quedó grabada en mi para siempre.


Paseando por las calles de la ciudad había visto niños pequeños con bolsas de pegamento, esnifando por los rincones y que se te acercaban a pedirte comida. Se me hacían nudos en la garganta. Situaciones que piensas que nunca vas a ver y que no sabes como gestionarlas. Y éstas son tan sólo dos de las muchas situaciones en las que me repetía, una vez más: ¡no sabemos lo que tenemos! La importancia de saber valorar TODO lo que nos rodea.


Los últimos días del viaje, aproveché para hacer un poco de turismo por el país. Tuve la suerte de visitar unos de los pueblos base a los pies del Himalaya, Pokhara, y me encantó. Naturaleza en estado puro, gastronomía típica del país y lugares turísticos pero muy cercanos y auténticos.


Y pensaba que era yo la que había ido allí a enseñarles algo a ellos. Ví que no. La lección me la daban ellos, cada día, cada lugar. Esa gente agradecida con todo. Que te lo daban todo. Tenían poco. Poquísimo. Y, a veces, lo poco que tenían, te lo regalaban. Allí nació en mi una nueva percepción de entender la vida, de querer valorar mucho más. Hubo días que lo pasé mal, los quilómetros tan lejos de casa me costaban. Pero crecí, crecí muchísimo. Y para nada del mundo me arrepiento de haber superado esas barreras mentales que me decían que no serían capaz de hacer algo así. Y haberlo vivido sigue siendo una de las cosas más increíbles e importantes que he hecho en mi vida.


A ti, que sigues leyendo, muchísimas gracias por viajar conmigo, por ilusionarme y por sumar en este proyecto personal. Yo sigo construyendo cada día lo que me hace feliz, buscando mi camino, mi lugar. Algo que, sin duda, también aprendí con todas esas personas a casi 8.000 km de casa.


Estas son algunas de las fotos que hice durante el viaje, gente que me encontraba, lugares y niños/a de la escuela. Pragati, Krishna, Shresta, Angila... ¡Gracias! Una pequeña muestra inmortalizada para siempre.


A.














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